13/3/06

Bosque

Los dientes definitivos aún tienen serruchito pues son nuevitos y cortan bien. ¿Ya tan chiquita y con ganas de escribir? Uno pensaría que con ese aire de libertad no tiene una pizca de intelectual. Cuando se zambulle en el agua o en el bosque virgen uno pensaría que será nadadora o caminante. Pero pasan los años y los bosques son talados y el agua contaminada. Los dientes se hacen lisitos y los traban aparatejos que corrigen y enderezan. Y ella crece entre artilugios de desesperanza que no comprende. Comienza a escribir por las noches a la luz de un velador. El hermano le pide que apague la luz pero ella le pide más tiempo. Entonces, el hermano se resigna y aprende a dormir con la luz prendida mientras ella, sumergida en un mundo de palabras, se desentiende del día. Y ahí descubre que los libros son los bosques y el estanque de agua perdido. Y promete que alguna vez escribirá su propio bosque, su propio estanque.

8/3/06

obviedades

Una vez escribí un cuento sobre un pajarito llamado Leo. Parece que yo había decidido que a Leo no le gustaba volar y andaba siempre en compañía de una lechuza muy amarga que lloraba la muerte de su tercer marido. Pero después algo pasaba y Leo salía en busca de aventuras y se tropezaba con la cabeza de una señorita muy bonita que se llamaba Emilia y pafate se enamoraba.
Típico.
Enamorarse de una cabeza.
Es tan típico que ni daba postearlo, realmente.

2/11/05

Winifreda I

Yo quería escribir ese viaje y no lo hice. No lo hice porque no tenía papel ni lápiz ni nada. Tampoco tenía blog. Y ahora han pasado casi dos años y todo queda librado a la imaginación y a algunas fotos que sacamos en la estación de tren abandonada y en las callecitas empedradas. Un pueblo que se cuenta. "Un pueblo que cuenta su historia": así decía el librito. Un tal José Homero Santos hace un racconto del pueblo pero por más que busco no están tus huellas. No hay Ramos Generales, ni los Birstok, ni Catalina. En un acta del colegio encuentro el nombre de Elisa grabado en tinta negra. Un nombre entre tantos otros. Un anciano de noventa años cree recordar -en la nebulosa de su memoria gastada- que le vendía verduras verdes a un hombrecito bajo y retacón. Ese era tu padre. Pelirrojo. Judío. Nadie quiere recordar a los judíos. Este pueblo se ha empeñado en borrarlos. Y lo ha logrado.
El hotel sigue allí, en la misma esquina, habitado por un hombre solo y enfermo que no trabaja ni ha trabajado nunca. Porque lee libros y quien lee libros no trabaja. Está condenado.
Sus manos son finas y están libres de astillas y rasguños.
No trabaja.
Sus manos son un tibio bálsamo para la caricia.
No trabaja.
Salimos de aquel cuarto inundado de moscas. Ese hombre debe estar muerto ahora.
Las moscas eran una premonición.