14/7/12

Digo sí,
trompita de anís
bellecita de luz
amorosa del sol.

Digo que sí,
capullito de arroz
laguito de tul
alambique de amor.

18/2/12

Respirar

Una vez más
bullendo y derritiendo cuanto hay de turbio
cuanto hay de absurdo.

Mi flor se abre
cuando lloro una pena entera,
un cardumen de peces rotos.

Así respirar se vuelve mecánico
un conjunto de diagramas
una abstracción indolora.

13/12/11

Sí, quiero

un torrente de sangre bullendo,
como si de cantar se tratara,
como si un cielo atravesara la enmienda
y la cortara de cuajo,
goteante,
el cuerpo fortalecido.

25/11/10

Tantra

Tantra sólo se tenía a ella misma. Su paseo diario se reducía a tres paredes gruesas y una reja. Si daba algunos pasos, se encontraba con una pared. Dando la vuelta, si estaba en un buen día, podía distraerse un poco más. Si hacía un ocho, simulando una cinta de moebius falsa, podía incluso perderse en cavilaciones. Si se ayudaba cerrando los ojos llegaba a imaginar que no estaba allí, que todo era un malentendido. Si cerraba los ojos podía inventarse el camino a un verde frondoso, al peligro depredador, a la sangre caliente de la víctima.
Se pueden cerrar los ojos pero no los oídos. Y aunque Tantra cerrara los ojos una y mil veces no podía cerrar las fosas nasales. Seguía respirando el olor de las galletas humanas y los pochoclos azucarados. Incluso podía respirar el olor nauseabundo de las bolsitas plásticas donde guardaban esa comida espantosamente fría que le servían. Aunque de eso mucho no se iba a quejar. Tantra nunca pasaba hambre. El hambre era algo que ya no recordaba. Tampoco podía distinguir ya el peligro. Allí, entre paredes se sentía guarecida de cualquier daño.
Una tarde Tantra se dio cuenta de algo. Si se tenía a ella misma, si aún poseía un bello cuerpo de osa nadie podría impedirle hacer lo que quisiera con él. Su cuerpo no tenía barrotes. No aún. La rutina del encierro la estaba dejando inutilizada.
Se olfateó bien. Sabía que no estaba enferma. Un poco más gorda, eso sí. Con cuatro pasos aquí y allá no se puede esperar mucho. Se tomó con una garra de su pata izquierda y la estiró. Sintió el efecto de una corriente eléctrica inundando su parte trasera. Maravilloso. El efecto llegaba hasta la zona inguinal. Dejó caer la pata y con la otra garra tomó la derecha. El placer la inundó por completo. Esto es, pensó Tantra, lo que haré todos los días. Si no pueden poner barrotes en mi cuerpo tampoco lo harán con mi alma.
Un día, un fotógrafo de esos que abundan en los zoológicos, la fotografió haciendo su rutina de ejercicios. La foto recorrió el mundo. La osa yogui, la llamaron.


12/10/10

La idiota (Historia Lausíaca)

El olor de su transpiración nos perturba. Ninguna de nosotras huele así. La pulcritud ante todo. El hábito de color negro, la capucha cubriendo la cabeza. En ella todo segrega putrefacción, desperdicio. ¿Amarla? Imposible. Ni siquiera se afeita el cabello y lleva ese horrible pañuelo mugroso atado en una frente amplia y surcada de arrugas finitas como hilos de agua. Cuando la obligan a afeitarse el sonido de la navaja sobre su cráneo frío me produce escozor. Chilla como si la estuvieran degollando. De sólo escuchar su grito la garganta se me cierra. Pero no es algo que me ocurra sólo a mí. Les pasa a todas en el monasterio. Nos pasa a todas. Nadie quiere compartir algo con ella. Dicen que nadie la vio nunca llevarse un pedazo de pan a la boca, que por eso está maldita, que vive del espíritu...

Es hermoso este sol de invierno. A veces vengo acá para recordar la belleza que Dios nos legó. La tierra aquí es un poco árida, se nota por el follaje de estos pobres árboles. Pero aún en esta pobreza esta tierra es maravillosa. No es bueno que una religiosa se pasee sola por las afueras del monasterio. Las labores a puertas cerradas son las más adecuadas. Pero sin este sol yo no sería capaz de orar.

Había estado recogiendo manzanas en el jardín. Entré en la cocina para llevárselas a la cocinera. Entré sin hacer ruido porque no es propio de religiosas el hacerse notar. Entonces la vi, chupando de los cuencos sucios del desayuno. Sobras. Se alimenta de las sobras que otros dejan. Qué locura. Se me cayó la cesta de las manos. Las manzanas rodaron como pequeñas cabezas rojas hasta sus pies. Ella clavó su mirada desafiante sobre mí. Esa mirada me enfureció. En un segundo perdí la razón y la salpiqué con agua sucia de los trastos. Luego me santigüé. Ella se rió. Su risa subía como las lenguas de un fuego sobre un madero recién encendido. Me asusté pero me contuve. Con manos temblorosas recogí las manzanas y las volví a colocar en la cesta. No es más que una mendiga. Come de lo que otros tiran. Se viste con lo que otros deshechan. Su hábito está tan ajado que no parece una religiosa. Una idiota, una salé, eso es lo que es.


Hay algo de ella que me atrae y me repugna a la vez. ¿Por qué la salpiqué? Esa mirada. No hay maldad allí. ¿Por qué ese arrebato, ese querer lastimarla? Es absurdo. Yo no soy así. Es su culpa. Es su culpa que la odien. Rehuye todo contacto con cualquier religiosa. ¿Nos tiene miedo? Hablé de esto con una de las hermanas. Se rió. Usted es nueva aquí, tenga cuidado, dijo. Y se llevó el dedo índice y mayor a la cabeza. Creo que le temen un poco y no quieren admitirlo. Por eso la maldicen, la injurian. Yo misma la maldigo también. Y, sin embargo, su mirada parece decirnos algo. Desprecio. ¿Por qué nos desprecia? Somos nosotras quienes la despreciamos. Eso es pecado. Despreciar. Ve algo que nosotras no podemos ver. Eso me horroriza. ¿Qué es lo que no puedo ver? No nos es dado el poder de ver ni de preguntar aquí. Eso es lo correcto. Pero ya estoy devariando. Mis oraciones jamás llegaran a buen puerto si sigo pensando en su mirada.


Un cántaro roto, una vasija hueca. Eso es lo que ella es. Allí nunca habrá agua. ¿Por qué entonces pensar en ella? Temo que mis oraciones jamás lleguen a buen puerto. Quiero servir a Dios.


El jardín del monasterio es muy bonito. Todo lo que hay allí lo plantaron las hermanas con esfuerzo y trabajo. Me gusta caminar por allí. Hay una extraña senda donde plantaron flores y pusieron piedras conmemorativas. Es un lugar pequeño y resguardado, ideal para el regocijo espiritual. Noté que un insecto se posaba en mi mano. Lo maté. No era bonito. Era un insecto nauseabundo. Después me arrepentí. Debemos amar a todas las criaturas. Aunque sean nauseabundas.


Sucedió algo inesperado. Un hombre santo, un anacoreta, había venido especialmente. Nos puso a todas en hilera. Qué humillación. Un varón en la casa de Dios. Un varón viejo, sí, de eso no cabía duda. Ilustre también, claro. Pero un varón al fin y al cabo. Ilustre porque era varón. ¿O acaso a nosotras nos es dado leer, escribir? Amar a Dios, eso sí podemos. Y este varón, este santo varón anacoreta empezó a injuriarnos. Falta una, falta una, reclamaba. Yo pensaba quién puede faltar, estamos todas acá, en fila, qué pretende este hombre. Falta una, gritaba. Estaba enfurecido. No es algo que diga la historia, claro. No es algo que aparezca en un libro. Un hombrecito santo y enfurecido no es algo que un escriba vaya a dejar por escrito. Faltaba la salé, claro está. Faltaba ella. Nadie decía nada pero a mí se me ocurrió hablar. Todas me miraron, enfurecidas. Hay una, señor. ¿Una? Sí, señor, siempre está en la cocina, usa un pañuelo sucio en la cabeza, usted no querrá verla. ¡Todas, dije!, exclamó el hombre, ¡quiero verlas a todas! Qué repugnante situación. Este hombrecito gritando así y la salé en la cocina escarbando migajas. La fueron a buscar y ella se negaba a entrar a la habitación. La sujetaron con fuerza, hay que ver lo fuertes que son algunas de las hermanas. La trajeron a empujones al gran salón. La salé gritaba y gritaba. Otra vez ese grito, el escozor en la piel fría. Pero, entonces, sucedió lo inexplicable. El hombrecito se hincó de rodillas ante la loca y empezó a murmurar bendíceme Amma, bendíceme, madre. Todas creímos que se había vuelto loco. ¿Qué hace, buen señor? ¡Pero si no es más que una idiota, una salé! Él nos fulminó con la mirada. ¡Ignorantes! ¡Son todas unas ignorantes! ¡Mujeres idiotas! ¡Ella es nuestra Amma! ¡Nuestra madre! ¡Ninguna de ustedes le llega ni a los tobillos! Todas calleron sobre sus rodillas y al unísono comenzaron a lloriquear horribles pecados que habían cometido contra la idiota. Era como para volverse loca ahí mismo. Todas lloraban y se arrancaban las capuchas de las cabezas dejando ver sus relucientes calvas. Ella sonreía beatíficamente con su pañuelo en la cabeza y los pelos desgreñados. Hizo como que nos bendecía a todos y se marchó para siempre de la habitación.


19/5/10

La pira de los buenos augurios

Soy mujer de amores perseverantes.
Bajo a la calle y compro
la canción que no supe fumar,
el almacén de dudas caducó
y mi sombra demandó al miedo.

Pisadas de barro en el sol,
medusas de sangre en el mar,
un barco de amistades sucias
se hunde en la peste de lo efímero.

Yo sólo veo arder
la pira de los buenos augurios

4/3/10

Regreso

Allí,
mi ciudad catalejo
desnuda de cielo
sobre el río manso
-siempre al asecho-
aunque un techo alcanza
posado en el beso
de mi esperanza.

1/7/09

El agua
-que en todo ha de aliviarme-
zambulle su mar ombligo
en mi lago acuático.

Hay un canto
de mares insospechados
un soplo alimento
un muelle de niños.

febrero de 2009

Despertar

Soñé con las playas.
Soñé con un faro.
Soñé con un amor que tuve hace años
y que no supe que era amor
hasta ayer.
Soñé con lo vivido
y lo no vivido.
Soñé barreras y calles de arena.
Soñé la estampa de un siervo
y la cabeza del buey.
Soñé la vida por mi ventana
tan abierta y ancha
por la que pasa
la caravana.
Soñé el sueño de otros,
el sueño de algunos,
el sueño del mundo.
Soñé los odres vacíos y la multitud gritando.
Soñé un mar siempre amado.
Soñé las playas.
Soñé un faro.
Aquí.

febrero de 2009

El hacha

Mi hacha
es la danza.
El nervio parido.
La muerte desnuda.

Ya es piel
ya es hueso
el ardor de la luna,
la siguiente llanura,
el arrobo de un sueño.

noviembre de 2008

La casa

La luna vino a la casa.
A vestirse.
Me preguntó mi nombre
y su frío
se posó en las ventanas.
Yo supe:
responder con mi sangre,
enrarecer el aire,
la viruta cesó
y los pájaros cantaron.
La puerta de al lado se abrió
y trajo un murmullo de niños.
Estallaron los cuerpos.
No recogí los pedazos.
Los miré,
despacio,
uno por uno.
La savia que había en mí
comenzó a aclararse.
Alguien tocó a mi puerta
y le abrí al presente.

octubre de 2008

31/5/09

En mi ras-
ras-
par

he dejado salir al buey.

Pesado y llano
se ha ido al camino.

Buena suerte.

29/5/09

Si el tigre

Si el tigre está solo
y habla
hacia sus garras voy.

No me dan miedo sus rayas de terciopelo,
nada es tan auténtico como su sed.

Si el tigre está solo
y ríe
hacia sus garras voy.

Porque su aliento alimenta mi esencia,
la hace certera y sostiene mi bien.

Si el tigre está solo
y llora
hacia sus garras voy.

Porque su llanto es rugido que siembra
un manto de soles, un jardín salvaje.

12/5/09

Recoveco rojo

Y temes.

(otra vez)

Aún
con la venda en los ojos.
Aún
con el alma enlazada.

Mi pájaro envía la flecha
y UN RAYO oblicuo me salva.

10/5/09

Llega el amparo

Estás sola,
amparada en los libros,
la luz blanca
y el run run de su respiración.

El llanto y el hastío
la risa, el albedrío.

Estás sola,
adentro un subterfugio:
la calma roja,
el aliento azul.

1/5/09

Yo sé que tengo
un privilegio.

Un pacto bravío
sellado en el tiempo.

Mi sangre lo arrulla
y vibra en su cielo.

Del cauce de un río
emana un silencio.

Y es bello su cielo.
Y es bello el silencio.

27/3/09

Ella canta

Habita mi cuerpo
un plato de semillas magras.

El resto danza
un lento cascabel de vergüenza.

Yo pude haber sido el niño
maullando en mi cuadra.

Pero hoy
canto
y canto
y canto el cielo
de los niños vivos.

23/3/09

El agua de ser

Llueve,
y el potro llama a la niña
y grita:
hey niña, hey niña:
tú tienes la piel de nutria,
ven a despellejarte, mi niña.

Yo voy,
las manos sucias,
yo voy,
mano en mi seno,
yo voy,
boca en mi sexo.

A despellejarme, nutria.
A salvar tu muerte, aljaba.
A robar tu crin, caballo.

Yo voy,
la sangre ampara.

Yo voy.
Me voy lavando.

1/3/09

¡Tierra! ¡Tierra!

Me adentro en tu cuerpo
como quien busca un retruécano
un mar infinito
de una tierra olvidada.

¿Soy acaso
la única exploradora?

¿La única portadora
de una bandera?

(¿Cuál es mi bandera?)